Cómo una caminata sacó lo mejor (y lo peor) de una empresa

Por Jack Muñoz

Uno de mis primeros emprendimientos consistió en una empresa de educación ambiental que combinaba la información sobre ecología directamente en lugares naturales con actividades de integración de grupos. La mayoría de nuestros clientes eran colegios de la ciudad, pero un par de veces fuimos contratados por empresas que deseaban tener una actividad diferente y enriquecedora para sus empleados.

La dinámica con los chicos de colegio era muy sencilla, pues siempre íbamos con el respaldo de uno o dos profesores que servían de conexión con el grupo y también como recordatorios ambulantes de que estaban en una actividad del colegio y por lo tanto debían comportarse a la altura.

La experiencia con los adultos fue un poco diferente y reveladora, pues la exigencia de la ruta elegida para la caminata ecológica fue poco a poco mostrando los problemas que estaban teniendo en la oficina y en sus vidas personales. Hubo de todo: lágrimas, insultos y hasta un alcohólico confesado.

El reto

Elegimos el ascenso a una montaña pequeña que queda a unos 40 minutos de la ciudad. La idea era hacer una analogía experiencial con el logro de objetivos y el trabajo en equipo y así fue planteada la actividad. Se les recomendaron cosas básicas:

Ropa cómoda.
Dormir bien la noche anterior y comer bien.
Llevar alimentos saludables (sobre todo proteína) y agua para hidratarse.
No llevar nada que realmente no necesitaran para una caminata.

También les citamos temprano para poder aprovechar la mañana y evitar que el sol del medio día hiciera estragos en la piel de los sedentarios citadinos.

Todo parecía muy bien, pero al día siguiente los hechos mostrarían otra cosa.

 

Los primeros conflictos

 

Eran las 6 de la mañana y los dos guías estábamos listos en la sede de la empresa con un bus para unas 40 personas.

El gerente de la empresa llegó un poco antes que nosotros y daba muestras de una ansiedad que no logré descifrar en ese momento.

El personal empezó a llegar y alcancé a notar algunos rostros pálidos y claras muestras de mal dormir. Vi algunas mujeres jóvenes con zapatos no adecuados para lo que yo sabía que venía. Me acerqué a ellas y les pregunté si traían tenis u otro tipo de calzado para ese día y una de ellas me contestó enojada: “Nadie nos dijo nada de eso, ¿luego no vamos para una finca?” Les expliqué que se trataba de una caminata con un ascenso de una hora a una montaña y sus caras y actitudes de preocupación me lo dijeron todo. Cuando me estaba alejando para hablar con el gerente alcancé a escuchar como una de ellas le decía a las otras dos: “¿si ve? Yo le dije”.

Indagué con el gerente que estaba claramente molesto por las personas que aún no llegaban, y me aseguró que las circulares informativas habían sido entregadas y que todos firmaron el haberlas entendido.

Pedí al grupo que ya estaba en el lugar que subieran al bus y esperamos casi por una hora a 6 personas que al parecer siempre llegaban tarde a todo. 6 personas más nunca aparecieron y así fue el inicio de aquel día.

 

En la montaña la verdad aparece

 

El camino fue tranquilo. Me senté con el gerente quien me ofreció disculpas por el retraso y el mal comportamiento de su personal. Me dijo que uno de los objetivos de la actividad era mejorar las relaciones del grupo y tratar de motivarlos para que su productividad fuera mejor. Me confesó que muchas veces se desesperaba cuando pasaba más de la mitad del día resolviendo problemas que le traían sus empleados y que había llegado a gritos e insultos en más de una ocasión. Le escuché atentamente y supe de inmediato que ese iba a ser un día MUY interesante para todos.

 

Cuando llegamos y aún en el bus, di una breve introducción al grupo mostrándoles el punto de regreso. Bajamos y les señalé la cima de la montaña en la cual estaríamos en un par de horas. Algunos me miraron con incredulidad y otros pensaron que era un chiste. Yo continúe diciéndoles las reglas del camino:

 

Los más ágiles deben cuidar de los más débiles.
No es una competencia, es un ascenso en equipo.
Sube en firme, baja en suave (buscar el terreno sólido para subir y el blando para amortiguar el descenso).
Dejar el camino en mejores condiciones que como lo encontramos.
Respetar a los lugareños y a la flora y fauna.
Sigue al guía.

 

En el grupo habían algunas personas con sobrepeso y sabía que tendríamos que cuidarles. Mi compañero iría adelante y yo en la retaguardia para ayudar a los rezagados.

 

Cuando empezamos todos parecían muy animados. Los más atléticos estaban adelante y el resto les seguimos. Al llevar una hora caminando y 20 minutos de ascenso, todas las recomendaciones que muchos ignoraron comenzaron a tener sentido para ellos: los zapatos incómodos estaban lastimando los pies, los que no había dormido bien estaban jadeando más de lo normal, y los gorditos habían sido “abandonados” por el grupo y permanecí con ellos parando constantemente para que se hidrataran y recuperaran el aliento. Mi compañero detenía a todo el grupo para que no nos separáramos mucho y los atléticos le protestaban y pedían seguir, pues “qué culpa tenemos de que esa gente no tenga físico”.

 

Un señor me llamaba más la atención, pues estaba poniéndose mal. Sudaba más de lo normal y estaba muy pálido. Le ofrecí agua y no la aceptaba, pero al acercarme a él sentí el olor al alcohol. Le pregunté que por qué había tomado si sabía que teníamos esa actividad y me dijo que “él siempre tomaba pero que lo tenía controlado”. A esta persona le di sales, minerales y vitaminas líquidas que siempre cargaba en mi morral y le pedí que si se sentía mal me avisara de inmediato.

 

Bueno, ya pueden imaginar cómo estuvo el ascenso. Llegamos en 3 horas, debido a las múltiples paradas, los casi desmayados, y otros accidentes.

 

Antes del punto más difícil ya casi para llegar a la cima les detuve y les dije que estábamos en un punto en que era más fácil llegar al objetivo que devolvernos. Que de una u otra forma habíamos llegado hasta ése punto y que íbamos, por primera vez en todo el camino y tal vez por primera vez en toda su historia como grupo de compañeros, a trabajar en equipo. Me dirigí al gerente y le dije: “Es un camino estrecho, está embarrado, hay probabilidad de que se resbalen, hay mucha vegetación y pueden haber espinas, serán más o menos 30 minutos. Por favor organícelos para que todos puedan subir”.

 

En ese momento ocurrió algo que pareció un milagro. Esta gente realmente estaba agotada, había llegado a un límite físico y mental. Y ahí estaban escuchando a su líder quien sin duda alguna repartió a todos en grupos de tres personas, envió a 4 de las personas más hábiles a que buscaran los puntos más difíciles de lo que quedaba del camino y les pidió que se ubicaran ahí cuando el grupo llegara a esos puntos. Todos hicieron lo que él les dijo y fue un momento maravilloso de trabajo en equipo, y cuidado del otro. No fue fácil, pero todos lo lograron.

 

Ya en la cima pudieron disfrutar de una vista espectacular de la sabana, compartieron los alimentos y hablamos de liderazgo y muchas cosas que todos recordarán.

 

El descenso fue muy animado, lleno de risas y ayuda total.

 

Ese día entendí el poder transformador de la naturaleza y de la experiencia al aire libre. Hay muchas lecciones que se pueden sacar de una vivencia así y la verdad creo que ninguna charla o capacitación en un salón tradicional, podría llegar a tocar tan profundamente a un grupo de personas. Lo sé pues he realizado ambos tipos de actividades y siempre que se pueda aconsejaré que sea un taller experiencial, ojalá al aire libre y mejor si se trata de ascender una montaña.

 

 

¿Has hecho algo como esto? ¿Qué lecciones de vida lograste?

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